5 de agosto del 2000
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- Creado: Martes, 23 Octubre 2018 12:31
- Escrito por Gobierno Provincial
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Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, en la Tribuna Abierta en conmemoración del aniversario 47 del asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, en la Plaza Provisional de la Revolución en Pinar del Río, el 5 de agosto del 2000.
Pinareños;
Compatriotas de toda Cuba;
Distinguidos invitados:
El vecino imperio vive tiempos electorales. Ya se sabe quiénes son los candidatos a la presidencia del gobierno de Estados Unidos, nuestro porfiado, prepotente y soberbio adversario. En la dura y prolongada lucha por la devolución del niño secuestrado, pudimos conocer a todos los aspirantes a ese codiciado cargo. No hubo uno solo que por elemental decencia y sentido de la justicia apoyase los derechos del niño y su padre. Buscando desesperadamente los magros votos de la mafia anexionista cubano-americana, y en especial sus abundantes fondos, apoyaban a los secuestradores o exhortaban cínicamente a la deserción del padre, un humilde, honesto e insobornable trabajador cubano.
En ese país, donde en determinadas circunstancias históricas hubo candidatos con las profundas convicciones de Lincoln, la sabiduría de un estadista como Roosevelt en tiempos realmente difíciles para su país y el mundo, o la ética nacida de sinceras convicciones religiosas de un hombre como Carter —digno tal vez de mejor suerte frente a la galopante inflación derivada de la guerra aventurera de Vietnam y la crisis energética—, surgieron personalidades que despertaron gran interés dentro y fuera de Estados Unidos. Pero nunca tal vez, en tiempos tan complejos y caóticos como los que vive hoy la humanidad, se enfrentaron dos candidatos tan aburridos e insípidos, carentes de aval histórico y de criterios y principios sólidos, como los que hoy compiten por el mando de la superpotencia hegemónica en un mundo unipolar y globalizado. No poseen siquiera la inquietud sincera por determinados problemas sociales, la sagacidad intelectual y la cultura personal de Clinton, pese a las vacilaciones y errores de éste.
Cualquiera de ellos que alcance la presidencia manejará mortíferas armas y tendrá en sus manos el maletín nuclear, y mucho más que un emperador de la antigua Roma, será dueño de la guerra y de la paz en el mundo.
Cuando en Estados Unidos uno de los candidatos logra el control mayoritario de los delegados de una de las dos grandes fracciones del sistema político dominante en ese país, en el que suelen invertir cientos de millones de dólares, se inicia el proceso final de la contienda.
Primero está el rito de encontrar a un Vicepresidente. Lo escoge, por supuesto, el candidato, ajustado a conveniencias y tácticas absolutamente electorales. Viene después la pomposa ceremonia de postulación presidencial, y nada menos que un supuesto programa de gobierno que no tiene siquiera valor alguno como mandato o norma de conducta ética o política; por lo general es un simple compendio de estados anímicos, intereses de grupos, componendas, poses y frases destinadas a endulzar los oídos de uno u otro sector electoral, en medio de una feroz pugna en la que cada cual quiere mitigar imputaciones de excesivamente liberales o conservadores que ambas fracciones se lanzan entre sí. Nadie espere sinceridad, sentido de responsabilidad con el país o con el mundo, o expresión alguna de conocimientos profundos, verdadera cultura política y conciencia de los graves problemas que enfrenta la humanidad.
Ahora acaba de concluir la llamada Convención Republicana, nada menos que en Filadelfia, que fue sede de la famosa Declaración de Independencia de 1776. Realmente aquellos dueños de esclavos que se rebelaron contra el colonialismo británico, si bien no abolieron el oprobioso sistema esclavista que se mantuvo aún durante casi un siglo —y la discriminación racial tiene todavía profundas raíces en la sociedad norteamericana—, eran al fin y al cabo portadores de muchas de las ideas políticas más avanzadas de aquellos tiempos.









